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La Polilla

4 nov 2019
2 min de lectura

Actualizado: 27 ago

Mi polilla comenzó comiéndome el dedo gordo del pie. A veces mi polilla dejaba de ocultarse entre mis ropas y saltaba alegre en los ensortijados pelos de mi cabeza. Yo la veía, impotente, volar contenta, alejarse unos metros de mí y regresar siempre; en esas ocasiones, me mostraba ante todos para que ellos, mi esposa, mis parientes y amigos, la pudieran observar, pero todos fingían no verla. Tal vez estaban preocupados por sus propias polillas. Entonces pensé que tal vez la polilla era solo un ser invisible al que solo yo podía mirar; era algo así como una especie de demonio guardián, incitándome cada día al mal.

En todo caso, decidí dar a conocer la existencia de este asqueroso y simpático bichito que me va comiendo todos los días. Mostré el lugar donde antes estaba el dedo gordo de mi pie y hoy no existe nada. Entonces muchos comenzaron a mostrar sus partes faltantes. El pueblo se dividió en tres:

Los apolillistas, quienes creían que la polilla no existe. Los envidiábamos terriblemente por tener el cuerpo entero, aunque nuestros ideólogos rápidamente sostuvieron que los apolillistas también tenían una polilla, pero la tenían por dentro, comiéndoles el cerebro, y por eso no la podían ver.

Los que creían que la polilla sí existe, denominados polillistas subjetivos. A este grupo pertenecía la mayoría de los hombres con partes faltantes y, sobre todo, los famosos ideólogos, quienes eran asiduos lectores del libro de ese viejo hereje español, Arturo Vizcaíno, Diez pasos fáciles para crear una religión, especialmente de los pasos dos y tres: «No importa que creas la estupidez que dices, lo importante es que otros lo crean» y «Siempre crea ritos, nunca subestimes la capacidad de querer pertenecer y acomodarse».

Ellos, nuevos filósofos, recomendaban mantener un diálogo diario con nuestra polilla interior y que, por nada del mundo, intentáramos violentarla: la polilla solo era una vieja vida pasada resistiéndose a irse.

Por último, quienes creían que la polilla era un fenómeno social, el cual desaparecería junto con la delincuencia cuando superáramos los graves problemas que aquejan a nuestra sociedad.

Una mujer llamada Helena mató un día su polilla y nos lo anunció a todos. La vimos como una persona rara, rarísima, incitándonos a matar nuestras polillas. Ella decía que se sentía mejor sin ella.

Al final se quedó sola, convertida en una enorme gruta del eco de la libertad.

Mientras tanto, todos nosotros, al ver su soledad y sacrificio, nos alegramos tanto de haber resistido la tentación de matar nuestra polilla. Entonces cogimos una imagen de ella y la llevamos a nuestro templo, e hicimos muchas figuras más. Llenamos los templos con Helena, de tal modo que todos, todos, nos acordáramos de ella, que nunca la olvidáramos y jamás la imitáramos; que, de rodillas, siempre la veneráramos.

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¿Escribir algo sobre mí sin poner los títulos académicos?  mi hija dice que soy un poco ególotra, tal vez por eso escribo un blog.

 

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