Carta a mamá en el cielo.
- JUAN CARLOS MERIZALDE VIZCAÍNO

- 11 may 2025
- 2 min de lectura
Actualizado: 10 may
¿Cómo está, madre? ¿Cómo están las cosas en el cielo?
Aquí toda la familia la extraña.
Recuerdo, madre, que nos sentábamos a conversar usted y yo. Usted me decía que ya quería irse; yo le decía que el sufrimiento es un misterio, que por algo Dios había permitido que viviera hasta esa edad. Le decía que tal vez fue para que gozara de esos días con mi hija, mimándola. Luego pensé que no fue por usted, sino por mí: Dios quiso darme una última oportunidad para abrazarla, para darle un beso y ver una de sus últimas sonrisas.
Hoy recordé aquel día en que unos jóvenes inquilinos de su casa se mudaban. Usted estaba ahí y vio un viejo cuadro de metal entre la basura que ellos botaban. Les pidió que se lo regalaran. “Madre, ¿qué va a hacer con eso?”, le dije. Pero usted lo mandó a restaurar, le colocó un nuevo espejo, y ahora yo lo sigo admirando. Cada vez que alguien quiere escucharme, cuento esta historia, porque usted reconoció el valor en lo que otros tiraban.
Madre, mi hija Daniela se graduó y ahora viajó a Alemania. Usted, a veces sin comprender por qué alguien quisiera estar lejos de su familia, siempre la miraba con admiración. Yo creo que ella heredó de usted su voluntad. ¿Acaso no fue usted quien, con apenas dieciocho años y sin haber estudiado docencia, viajó a ser profesora a una pequeña ciudad de la Costa, Catarama, en Los Ríos? Y luego decidió no quedarse ahí toda la vida: tomó nuevamente el destino en sus manos y pidió el cambio a Cahuasquí, en Imbabura, para estar cerca de Quito y estudiar docencia en el Juan Montalvo.
Mi hija Andreita está estudiando Psicología. Hace poco se certificó como mediadora, y le alegrará saber, madre, que fue el mejor promedio del curso de certificación. Ella y Sofi no vivieron los mejores momentos de la casa de los abuelitos, esa que se llenaba de niños, de bulla y de juegos en los pasillos. Pero la familia se sigue reuniendo, como a usted le gustaba; y tal vez, sobre todo por eso: porque a usted le gustaba.
Lore se casó. En su boda, usted y papá estuvieron presentes. Dani le hizo un retrato y puso en él una parte del poema que usted escribió; Lore, por su parte, llevó sus retratos en un pequeño relicario entre sus manos.


Las chicas y señoras que la cuidaban, y el maestro Luis, la recuerdan con cariño. Esta semana me llamó una de ellas, Yanina, y me preguntó por el lugar donde la habíamos enterrado. La había soñado; habían conversado mucho y ella quería visitarla.
Todos seguimos luchando, como usted nos enseñó: sin rendirnos. Yo abrí un centro de mediación y estoy trabajando en una institución pública.
Frecuentemente siento sus hermosas alas de ángel cuidándome.



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