La Odisea, minutos después del cine.
Llevaba ya varias semanas molestando a mi hija para que me llevara al cine: quería ir a ver La Odisea. Había leído algunas críticas en periódicos y blogs, así que fuimos hoy.
Yo leí La Ilíada en la versión juvenil de la editorial Ariel —ediciones que aún se pueden encontrar en los sitios donde venden libros usados— y conocía los viajes de Odiseo a través de mil lecturas pequeñas. Una historia que se cantó hace miles de años y sobre la que todavía se hacen películas, debe ser una historia que merece verse. Odiseo, Ulises, el astuto: sus mil errores y sus mil virtudes.
Salgo del cine y pienso: ¿qué me dejó la película? No me aburrí ni un solo instante —yo, que ahora me duermo hasta en Los Vengadores. Así que el drama está bien logrado, creo.
¿En qué me queda debiendo? Pues presenta a Odiseo como un héroe más: lucha contra monstruos, es traicionado, y al final salva a la dama, mata a los malvados y se dirige hacia donde se oculta el sol, montado en su caballo. Ah, perdón: no hay caballo, al menos no ese caballo.
Pero en tres horas solo hay una escena que me conmueve: la del perro que lo esperó veinte años, que lo reconoce, que no lo ha olvidado y que lo espera para morir. Benditos perros… y yo con este gato, que hace honor a ese dicho con el que tantas bromas cruzábamos con mamá: ser humano, paloma y gato, tres animales ingratos. Ser humano de cualquier género, por supuesto.
Todos los que conocen algo de la historia encuentran errores: por ahí una indumentaria que era romana y no griega de la época. Yo, tan vanidoso como soy, también encontré errores, pero no los voy a citar para no sonar presuntuoso. No se trataba de un error, pero le comenté a mi hija: los héroes trataron de no ir a la guerra —Odiseo fingiendo locura y Aquiles, no me lo van a creer, escondido por su madre, disfrazado de mujer.
Tal vez eso es lo que la película me queda debiendo: más situaciones humanas, más de Odiseo el fracasado, el que no logra salvar a sus amigos, el que —a pesar de sus méritos extraordinarios, de su gran inteligencia— pierde: ni uno solo de ellos se salvó. Pero los héroes gustan; los perdedores no. Lo demás es cuestión de gustos: a mí me hubiera gustado una mejor escena para el canto de las sirenas. Yo he escuchado el canto de las sirenas, y por eso aseguro que es muy atractivo, inmensamente atractivo; me hubiera gustado verlo reflejado en la pantalla.
Me he propuesto con mis hijas leer La Odisea, aunque sea verso a verso, aunque vayamos muy despacio, pidiéndole en cada paso, cuando haga falta, a la IA el sentido de un pasaje. Comienzo hoy con los primeros versos:
Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio, que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras. ¡Insensatos! Comiéronse las vacas del Sol, hijo de Hiperión; el cual no permitió que les llegara el día del regreso. ¡Oh diosa, hija de Zeus!, cuéntanos aunque no sea más que una parte de tales cosas.
Homero, La Odisea, canto I, vv. 1-10. Traducción de Luis Segalá y Estalella.




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