Leyendas de Quito
- JUAN CARLOS MERIZALDE VIZCAÍNO

- 24 jun
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María Angulo
Dicen que hizo frituras
de nalgas muy bien formadas,
de barrigas abultadas,
de casi españoles gotosos.
Pues no elegía cualquier muerto.
El indio enflaquecido,
el negro de cuero curtido,
el mulato de fiebres fallecido,
estaban descartados.
Para deliciosos platos,
prefería el cura bien comido,
el comendador grasoso,
las niñas de rojas mejillas.
Dicen que los muertos,
de manera eventual, la perseguían.
“Devuélveme”, le decían,
las tetas tan deseadas,
el muslo carnoso y prohibido,
y otras partes menos santas
que por pudor no digo.
Murió María Angulo.
Yo creo que ajusticiada por la ley,
en oscura cárcel,
vieja, infame, sacrílega.
Padre Almeida
Cuentan aún en Quito
la historia de ese otro yo
predicador de voz privilegiada,
magnífico en la misa cantada,
amante de mujeres y guitarras,
gran escapista de conventos
que a cárceles emulaban.
Qué importa una cruz
si para subir le sirve.
Qué importa una cruz
si sobre ella bajaba.
Él mismo, a gran voz, se ironizaba:
“¿Hasta cuándo, Padre Almeida?”
Hermoso ícono de lo cínico,
quiteño como ningún otro:
“Hasta la vuelta, Señor”.
Pero la vuelta llega pronto,
en la vejez de la que huye
y que lo alcanza;
en el vientre engañado,
en el hambre sin cuerpo,
en el amor no correspondido
que ni la sotana detiene.
Hasta el día en que vio su propia muerte.
Hasta el día
en el cual el fin del dolor
es un placer.
Qué otra cosa sino
el infierno prometido.


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