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Leyendas de Quito

María Angulo


Dicen que hizo frituras

de nalgas muy bien formadas,

de barrigas abultadas,

de casi españoles gotosos.


Pues no elegía cualquier muerto.


El indio enflaquecido,

el negro de cuero curtido,

el mulato de fiebres fallecido,

estaban descartados.


Para deliciosos platos,

prefería el cura bien comido,

el comendador grasoso,

las niñas de rojas mejillas.


Dicen que los muertos,

de manera eventual, la perseguían.


“Devuélveme”, le decían,

las tetas tan deseadas,

el muslo carnoso y prohibido,

y otras partes menos santas

que por pudor no digo.


Murió María Angulo.

Yo creo que ajusticiada por la ley,

en oscura cárcel,

vieja, infame, sacrílega.



Padre Almeida


Cuentan aún en Quito

la historia de ese otro yo

predicador de voz privilegiada,

magnífico en la misa cantada,

amante de mujeres y guitarras,

gran escapista de conventos

que a cárceles emulaban.


Qué importa una cruz

si para subir le sirve.

Qué importa una cruz

si sobre ella bajaba.


Él mismo, a gran voz, se ironizaba:

“¿Hasta cuándo, Padre Almeida?”

Hermoso ícono de lo cínico,

quiteño como ningún otro:

“Hasta la vuelta, Señor”.


Pero la vuelta llega pronto,

en la vejez de la que huye

y que lo alcanza;

en el vientre engañado,

en el hambre sin cuerpo,

en el amor no correspondido

que ni la sotana detiene.


Hasta el día en que vio su propia muerte.

Hasta el día

en el cual el fin del dolor

es un placer.


Qué otra cosa sino

el infierno prometido.





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¿Escribir algo sobre mí sin poner los títulos académicos?  mi hija dice que soy un poco ególotra, tal vez por eso escribo un blog.

 

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