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SUEÑO DE UNA NOCHE DE NAVIDAD

José de la Cuadra


PRÓLOGO 

 

En esa oscura noche de la historia humana que se llamó la Edad Media, se perdió —como tantas otras bellas cosas se perdieron— la exacta noticia del milagro anualmente repetido por la Navidad de Jesús.

Quedó vagamente la memoria del mismo entre las gentes populares de la feudalidad; pero ya se hablaba de él como de algo que bordeaba los linderos de azur de la fantasía sin tener bases firmes en la realidad: acaso con menos certeza que la mística ínsula de San Borondón, que ofrecía, en el oro de la leyenda, desde la ensoñación de la lejanía, su silueta brumosa al navegante…

A las veces, en alguno que otro pétreo monasterio de esos que, enclavados entre hoscos riscos, adustos de murallas almenadas y viejos de luengos siglos, más parecían fortalezas que casas de devoción, cualquier fraile octogenario, ya un poco enloquecido de éxtasis frecuentes, hablaba a los villanos de la extraordinaria taumaturgia en las horas que seguían a la misa del domingo, que los tales acudían a oír en la capilla del monasterio, quedándose luego en los patios, bajo los amplios y umbrosos soportales, por departir con los milites de Cristo y franquearse con ellos acerca de las complicaciones de sus aldeanas vidas sencillas…

Mas ni los mismos frailes ponían empeño en procurar que los feligreses creyesen en la verdad de la embelesadora aparición; pues jamás Concilio alguno la catalogó entre las cosas ciertas que, con toda la fuerza de su dogmatismo, habían de ser aceptadas por quienes comulgasen con la doctrina divina del manso Jesús; y no era dable que los frailes se contaminasen de herejía por mantener el decaído prestigio de la hermosa tradición.

Pasó así a ser asunto de juglares y cantores, de vates y troveros; pasó, en una palabra, a ser cuestión de fantasía, cosa de imaginación, punto de ensueño.

¡Y era tan bella!

En la cocina de cualquier castillo, junto al hogar donde ardían alegremente los sarmientos, cualquier mísero juglar, acompañándose con una tiorba, en sonoros octosílabos la cantaba.

Y lo escuchaban las gentes con delectación: tanto el señor de la casa, quizás fiero cruzado que acababa acaso de tornar de Tierra Santa, como la dulce castellana de manos liliales y de ojos consumidos de espera; tanto las doncellas iletradas del servicio como los rudos y bravos mesnaderos.

Porque esa leyenda, que ojalá no la fuera, abría el camino a una esperanza inaudita: la de la venturosa realización de una justísima compensación para la humana especie, cada vez más alejada de la visión de su Redentor…

He aquí, limpia y escueta, la leyenda, horra de sus primigenias bellezas, despojada de su suntuoso ropaje de rimas y escogidos vocablos, vestida apenas con las fofas galas de una prosa fría; he aquí la leyenda que sirve de prólogo a la historia que más adelante va: que la aclara y explica.

No había querido el Divino Infante, de la casa de David, de la casa de Aarón, que la maravilla de su nacimiento quedase y fuese sólo para los ojos del pueblo elegido, sí, pero no único; no había reputado por justo que tamaña ventura —que excede a todo goce humano— reservada se hubiese de exclusivo para los judíos, mucho más cuando los otros pueblos que la esfera llenan de rumores han entrado ya, dejando de lado las bastardas engañifas, las torpes añagazas de la paganidad, a formar legión con los que acatan la doctrina de amor que Él predicó y por la cual murió de humana muerte, crucificado sobre el madero ennoblecido…

Su corazón, que todo se daba; su alma, que se daba toda, eran de la humanidad. No conocía Él el egoísmo. Era todo de todos. ¿Cómo iba, pues, a ser posible que restase una tan extremada dicha a los demás del género humano, hechos del barro que Él mismo escogió en el minuto del Génesis, y que no tuvieron la fortuna de estar cerca de Él en la hora de su venida o nacieron después de su ida? ¿Cómo iba a ser posible que consintiese Él en privar por siempre en la tierra a aquellos que, con santo orgullo, llamó hijos suyos, del placer sobrehumano de verlo, de conocerlo, de saber cómo fue en vestidura corpórea, en carne mortal?

No; no era dable que en su justicia infalible Él hubiese dejado sin parte igual de bienandanza a quienes, de la misma manera, eran sus hijos: obra de sus manos, fruto de su concepción de Dios.

Y he aquí que dispuso que cada vez que fuese, en el reloj de la eternidad, otra vez la hora en que nació en el pesebre de Belén, se repitiese por los siglos de los siglos, hasta el fin de lo infinito, en asombrosa aparición, la escena de su venida al mundo de los mortales.

No permitió que ninguna otra escena de su vida se repitiese en el milagro, porque todas las demás fueron de dolor, de acerbo dolor, de sacrificio: la única jubilosamente gloriosa de su vida humana fue la de la Natividad; y no deseó, en sus bondadosos designios, recordarnos nuestra torpe maldad ni nuestra ciega ignorancia al no saber apreciar la gracia magna que nos fue proporcionada por el Eterno, al consentir que su Hijo viniese a vivir treinta y tres años entre nosotros, sufriendo con nuestros dolores, amándonos siempre, haciéndonos todo el bien que fue hacedero.

Mas como los tiempos de hogaño no son como los de antaño dizque fueron, ni las gentes poseen virtudes en tan alto grado como las de la primera cristiandad poseyeron, determinó, asimismo, en sus impenetrables voluntades, que la aparición —que no tendría ubicación ni puesto fijos, que sería en todas partes y en ninguna misma— sólo pudiesen verla los ojos puros…

Porque ella, en sí y por sí, era ya un premio, algo como un adelantamiento de las celestiales visiones reservadas a los sanos de espíritu y limpios de corazón, grandes por su humildad y fuertes por su fe, que habrán de gozar en los ideales países de la gloria de las bienaventuranzas eternas.

Pocos la han visto. No sólo porque ha habido en el mundo muy pocos que hayan conservado siempre sus ojos puros, sino porque para gozar del deslumbrador espectáculo es menester desearlo con todas las potencias del alma: anhelarlo tanto que sea el anhelo una fuerza creadora.

Porque, acaso, la visión —ilógicamente— no está fuera, sino dentro de nosotros mismos.

De este modo, casi sólo niños han sido quienes han visto el milagro; porque sus ojos, si miraron para el mal, no se mancillaron, ya que no lo comprendieron, y no comprendiéndolo, no se recrearon con él; y, además, porque, inocentes, creyeron con toda la fuerza de su fe en la realidad de esa leyenda dulce y arrobadora que los frailes de los monasterios medievales narraban a los villanos en las horas que seguían a la misa del domingo; que los juglares cantaban, en orgullosos octosílabos, acompañándose con sus tiorbas de suave sonar, en las cocinas de los castillos feudales, allá en los brumosos tiempos de la remota Edad Media… y que se perdió luego —como tantas otras bellas cosas se perdieron— en esa oscura noche de la historia humana…

 

LA HISTORIA DE BEBÉ, EL MISERO INFANTE, Y DE SU HERMOSO SUEÑO 

 

El niño ciego 

Niñez es alegría. Bulliciosa alegría. Es reír bajo los soles claros con claras carcajadas sonoras. Es no saber nada y saberlo todo a la vez. Es el encanto de ser nuevo, de ser fresco: retoño, esto es, retoño de un tronco caduco que reverdece en brote juguetón. Es llorar por una contrariedad insignificante sólo por saborear la dulcedumbre del consuelo materno, del materno arrullar. Se llaman niñez los días mejores de la existencia humana.

No fue así la niñez para el pobre Bebé.

Si en sus comienzos no fue tristeza, tampoco fue alegría. Estaba él lejos de la una y de la otra; mejor, por encima de la una y de la otra. Las desconocía a entrambas.

Era su vida un lento y monótono discurrir, un tranquilo y aburridor deslizarse al través del tiempo, un descender pesado hacia el final.

Cuando nació, no pudo decirse de él —en el giro familiar del lenguaje— que vio la luz. Sus pupilas, opacadas por un fúnebre velo, no eran aptas para apreciar la maravilla de la claridad. Todo era sombra para ellas; todo era perpetua y profunda oscuridad.

Pero los contrastes son así: tenían sus pupilas un luminoso color azul, y hasta ocurría, a las veces, que miraran con una mansa mirada inteligente y reposada, comprensiva y generosa: ilusión ésta que se provocaba cuando el alma de Bebé inconscientemente pugnaba por asomarse al mundo, en un empeño tenaz que hacía se humedecieran en lágrimas ardientes los lindos ojos ciegos.

Hijo único de padres amantísimos, Bebé fue rodeado desde su nacimiento de todas las comodidades materiales que la holgada posición económica de sus progenitores permitía.

Los más prestigiosos oculistas de todo el mundo martirizaron, so pretexto de curarlos, sus ojos miserables que, a medida que iban pasando los años, tomaban un color más bien verdoso, azulenco, lechoso, semejante al de los misteriosos ópalos. Nada pudo hacer por él Esculapio como no sea el darle a conocer la tortura física en sus más perversas sensaciones: al herir los nervios de sus globos oculares con las finas pinzas, al caldear sus membranas con los abrasantes colirios.

A la postre, decidieron los padres no añadir molestias mayores a la suya enorme, y no lo pasearon más por las clínicas oftalmológicas afamadas, ni acudieron a la primitiva taumaturgia de brujos de raras nacionalidades que extraían el oro de sus bolsas sin ningún provecho efectivo para Bebé.

 

El dolor de saber 

Convencidos de la infructuosidad de todo intento, se conformaron en respetar el mandato ineludible de los sinos, que hizo ciego al unigénito, y se arrestaron a cultivar su espíritu, a sacar su almita de las tinieblas de la ignorancia —que esto sí les era factible—, a abrir a la luz sus otros ojos, sus ojos escondidos: los de su mente.

Juzgaron esto por acertado. Más aún: lo tuvieron por necesario. Acaso lo fuera. Lo era, sin duda. Pero fue asimismo cruel.

Hábiles maestros cultivaron el intelecto de Bebé. La educación fue facilitada en parte por el mismo mal del niño.

Su memoria, asombrosa como la de casi todos los que no ven y no recargada por grandes recuerdos como la de los otros niños —los niños felices que conocen el rostro de sus padres y la imagen de las cosas—, aprendió todo cuanto quisieron los maestros.

Se le leían en alta voz los libros. Se le hacían largas explicaciones que Bebé escuchaba atentamente. Se le hizo saber cuanto se creyó conveniente, y aún más.

Estuvo aquí el daño crudelísimo.

Bebé se dio cuenta de la desgracia de sus ojos inservibles. Supo, por las propias enseñanzas de sus maestros, que había luz, la enloquecedora luz del sol que él no veía…

Hasta entonces no se había dado exacta cuenta de la diferencia que existía entre él y los demás. Pensaba vagamente que todos eran así como él era. Realmente, no había pensado mucho en esto.

Pero ahora ansió desesperadamente ver la luz, saber qué era, empaparse en sus ondas: reflejarla y penetrarla con sus ojos.

Era un espectáculo profundamente entristecedor el que ofrecía este niño que ya había cumplido cinco años, y que era rubio, y rosado, y lindo, cuando en un jardín o en pleno campo, sabiendo que era de día y que brillaba el sol en el espacio inmenso, abría a más no poder sus ojos inútiles en un estupendo anhelo de ver la luz…

Y era un atormentado símbolo.

 

Poderoso mal; omnipotente esperanza... 

Al iniciarse el segundo lustro de su existencia, una nueva enfermedad hizo presa de Bebé.

Se engarrotaron sus piernas; se le hincharon espantosamente; se le secaron luego, arqueándose sus huesos en curvas violentas. Era horroroso. En los brazos el mal hizo también su aparición, pero en forma menos aguda. Con un poco de esfuerzo, soportando estoicamente el dolor de las articulaciones inflamadas, lograba moverlos en ademanes lentos, embarazados y torpes como los de un recién nacido.

Lo recluyeron en su cuartito blanco y, cuando aparecieron las fiebres, poco después, lo acostaron en su blanca camita, de la cual —tal aseguraban sabios galenos— no habría de levantarse más. Su lecho de niño sólo sería sustituido cualquier día no lejano por el cofrecito acolchado de seda en el que encerrarían su atormentado cuerpecito cuando sobre sus ojos ciegos cayera pesadamente la eterna ceguera de sus párpados cerrados… cuando sus flacas manecitas, anudadas de parálisis, se entrecruzaran en frío lazo de adoración sobre la caja de su pecho, bajo la oprimente tapa del ataúd…

Terribles dolores estremecían sus nervios, sacudían en tremendos calofríos sus huesos retorcidos. No resistía el dolor que se enseñoreaba de él. Lloraba a gritos; se quejaba agudamente; lanzaba alaridos que punzaban los tímpanos… Hubo que acudir, debilitándolo así más, haciéndolo más propicio al guadañazo de la muerte, a calmantes y soporíferos.

Fueron alejados de él los maestros.

Pasaba la madre junto al hijo, a quien vencían todas las torturas, largas e interminables horas. La humillada en su materno orgullo renunció a todo placer, por eso que era una suerte de morboso placer: sufrir con el sufrimiento del unigénito adorado.

Le narraba historias de fantasía, procurando distraer su atención, alejarla de la constante percepción de su martirio; convencida como al cabo llegó a estar de lo inevitable, le habló de las celestiales cosas que lo esperaban cuando, dejando la vestidura carnal, se elevara hasta los reinos de Dios.

Y al hablarle de Dios —de cómo era Dios, el dulce Dios de los cristianos— le refería la historia de la vida de Él allá en Judea de los profetas, en los días del milagro de su encarnación en humano ser, en los días en que presenciaron las eternidades asombradas el divino absurdo de la reducción a pasajeramente finito de lo que es inmanentemente infinito (y esto sólo por el grande amor que Él profesa por lo que creó de esa Nada que era Él mismo, cuando su espíritu flotaba sobre las aguas…).

Escuchaba Bebé, arrullado por la voz meliflua, entrecortada de sollozos mal contenidos.

Interesado cada vez más, rogaba a su madre le leyera libros que tratasen sobre la divina infancia, sobre la vida de ese niño como él, al que muy pronto conocería y que no acertaba bien a imaginarse, porque no había visto jamás a hombre, ni mucho menos a un dios…

 

El fúnebre juguete 

Diciembre. Comenzaba la lluviosa estación en uno de cuyos días —lo habían predicho los médicos— huiría Bebé de sus dolores.

Era algo tan cierto su muerte próxima que ninguno de sus familiares se atrevía a alentar esperanza alguna.

Todo estaba preparado para el viaje ineludible. No faltaba ni siquiera un detalle.

La noche de Navidad, el enfermito se agravó tanto que el padre hubo de hacer separar en una agencia de pompas fúnebres el ataúd.

Lujoso, más que eso, suntuoso, el blanco cofrecito esperaba en las vitrinas de la agencia su fría carga infantil. Era el juguete que se había adquirido para Bebé. No hacía falta otro alguno.

Desde el anochecer dormía, en un adelanto al sueño final. El médico de cabecera, un hombre viejo, de respetables barbas canas, que tenía visto muchas veces el rostro de la Muerte, aseguró que de ese como sopor en que había caído el niño ya no saldría más: era el coma precursor del hundimiento definitivo.

Y entonces fue cuando Bebé tuvo un maravilloso ensueño…

 

Anhelo que es fuerza creadora 

Desde que Bebé supo la historia del Niño Jesús, por lo que su madre le contaba o le leía, anheló, desde lo más hondo de su ser, conocerlo. Llegó, a las veces, cuando el dolor se le hacía insoportable, a desear morir pronto, lo más pronto posible, para llegar hasta el cielo y ver el rostro de Dios; pero no el del severo Dios que todo lo hizo, sino el de este otro —que en su imaginación se lo figuraba distinto— que tenía cara de niño y reía como los niños dizque ríen, y que quiso nacer, por humillarse más para estar más cerca de los hombres, en un hórreo de Belén…

Tanto lo deseó que el deseo llegó a convertirse en obsesión. Quería —tan desesperadamente como ver la luz— ver a ese divino recién nacido que no podía nada, pudiéndolo todo…

Y he aquí que Dios resolvió conceder al pobre torturado lo que tanto deseaba.

 

El enviado de Dios 

Un ángel descendió junto a su lecho. Venía envuelto en un halo de deslumbradora luz que —¡oh, gloria!— pudo ver Bebé con otros ojos que no eran los suyos físicos, negados de visión.

La seráfica criatura puso una mano sobre la frente enardecida de Bebé, que fue invadido inmediatamente por una sensación de frescura y bienestar inexplicables; y oyó que el ángel le decía:

—Has sufrido mucho, Bebé, en tu corta vida. Dios, que como a hijo suyo que eres te ama con un infinito amor, ha decidido proporcionarte una visión que reserva sólo para aquéllos que son puros… Ha decidido que en esta noche de Navidad veas cómo fue realmente su nacimiento allá en la escogida Belén. Todo lo verás; lo sabrás todo; y ello por un extraño modo milagroso…

Sonrió luego el celeste enviado con una sonrisa que llenó de paz el alma de Bebé, y añadió:

—Y mañana vendré yo…

—¿Para llevarme contigo? —inquirió el niño entusiasmado.

—No —repuso el ángel—; Dios quiere que sanes: que seas como los otros niños son en la tierra. Tus ojos se abrirán a la luz. Huirá de tu cuerpo el mal demoníaco que lo posee… Confía.

Y en un rayo de luz esplendoroso la alada criatura desapareció.

Bebé quiso alegrarse por la gracia que le había sido concedida; pero no lo consiguió. Se sintió descender en un más profundo sopor y entró en una nueva fase de su ensueño.

Raro ensueño el suyo. No sólo era la visión. Era también el conocimiento espontáneo: el saberlo todo. Los nombres de las personas, los lugares, los años… La comprensión absoluta: el mágico saber infuso…

 

La Visión 

Era el año 747 de Roma, y reinaba en la Ciudad Eterna el glorioso César Augusto.

En el empeño de formular un nuevo y verídico Descriptio Orbis, se dispuso levantar el catastro del Imperio.

Aliado y amigo del Imperio de las águilas invencibles —designación de “aliado y amigo” que disfrazaba decorosamente el vasallaje— era el reino de Judea bajo Herodes, como lo era, bajo Arquelao, el de Cilicia.

La alta y sabia política de Roma quería, antes de hacer pasar a los pueblos domeñados bajo el yugo ominoso, atraérselos astutamente, fingiendo que respetaría sus instituciones propias y sus propias costumbres, permitiéndoles una suerte de independencia que a la postre se convertía en una grosera farsa.

No era Judea, hacia el año 747, propiamente una provincia romana.

Por eso, si envió la ciudad de las siete colinas como legado a Judea a uno de sus mejores capitanes, Publio Sulpicio Quirino, con la consigna de levantar el censo, le ordenó que respetara las tradiciones del antiquísimo pueblo; por lo cual, considerándose la vieja división de los judíos en tribus, se dispuso que la inscripción de los habitantes habría de hacerse en la ciudad solar —en el domicilio de los antepasados remotísimos— y no en la del pasajero domicilio personal.

He ahí la causa por la que una modesta pareja de judíos —un humilde matrimonio— llegó, al atardecer de un jueves, 24 de diciembre del año 4.707 de la era juliana, a la pequeña aldea de Belén.

Modestos, humildes, sí, porque sus actuales condiciones no autorizaban otros calificativos; pero noble era el marido, José, de la casa de David; y más noble aún era la mujer, María, hija de Helí, hija de Zorobabel, hija de David, hija de Abraham: pertenecía ella a familia real y sacerdotal a la vez.

Y venía en avanzado estado de gravidez, en los últimos días del mes nono.

Si fatigado del penoso camino desde Nazaret venía José, más fatigada todavía venía la hija de Helí, dadas las circunstancias de su embarazo.

Pero una fuerza superior a ellos mismos los había alentado en el trabajoso andar: el designio de Dios que mandaba que su Hijo, concebido en seno virginal en Nazaret —por lo cual se llamaría Nazareno—, naciera en Belén, cumpliéndose así la remota profecía…

Lleno de gentes de todas clases estaba el pequeño poblado, y así la pareja no encontró hospedaje alguno, ni en paradores ni en casas particulares; por lo que, habiéndose ya venido encima la noche, hubo de acogerse al abrigo de una gruta cercana que para establo de ganados utilizaban los pastores de los campos aledaños.

Fue ése el lugar que escogió Dios Niño para nacer.

En efecto: horas después, del vientre virginal y siempre puro de María, hija de Helí, nacía el Nazareno…

Era ya el viernes 25 de diciembre del año 747 de Roma, del año 4.707 del período juliano, siendo emperador Augusto, y rey de Judea, por la romana gracia, el perverso Herodes; siendo cónsules por la segunda vez Tiberio y Pisón, siendo Simón, hijo de Boet, sumo sacerdote de los judíos…

Se estremecieron los mundos en el instante del nacimiento. Una luz extraterrena alumbró los espacios oscuros y profundos. Y la vida halló en sí fuerzas que desconocía. Una nueva era de la existencia universal se inauguraba. En el libro gigantesco de la historia de lo creado empezaba un nuevo capítulo…

El Niño que hacía al sol más sol —como ha cantado el poeta— sonreía…

Su sonrisa contagiaba aun a las cosas inanimadas. Sonreían los mundos. El rostro adusto y grave de la Eternidad sonrió… Y la Muerte, que sólo sabe reír con carcajadas horrísonas, se acurrucó de miedo en un rincón del infinito…

Los hombres no se habían aún dado cuenta de la inmensa ventura inmerecida que ahora tenían. Hubo un ángel de anunciársela.

Y como era humilde Él por voluntad suya, los primeros en recibir la Nueva fueron unos humildes pastores del valle de Moab.

Se les apareció el ángel y ellos obedecieron su voz.

La primera adoración que Él quiso recibir fue la de los pobres pastores moabitas… y la de los animales sufridos —la mula y la vaca— que envolvían el frío que atería su cuerpecito con el tibio vaho de sus alientos.

Divina maravilla extraordinaria que los humanos no habrán de ver ya más en la tierra, como no sea aquéllos que mantengan sus ojos limpios, sus ojos puros y sin mancilla… ¡Ah!… y sobre el establo, una radiosa estrella —tan bajita, tan bajita, que parecía se la pudiese alcanzar con la mano— brillaba…

Era la estrella de Él, la escogida, la perla sideral: la Estrella de Belén, la misma que anunció luego la magna Nueva a los Reyes Magos.

¡Ah!… ¡y cómo en los espacios se oían los cantos de los celestiales coros que entonaban sus loas al Salvador!

¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria in excelsis Deo!

 

Y luego 

Desapareció la visión. Tampoco oyó más nada Bebé. Su sueño continuó tranquilo, natural…

Pero la madre, que velaba junto a él, advirtió que su rostro demacrado se había iluminado de una rara claridad y que sus labios sonreían deliciosamente. Y la pobre pensó:

«Acaso mi caro Bebé sonríe al ángel de la muerte…»

Y nuevas ardientes lágrimas brotaron de sus ojos, que habían llorado tanto por el que quizás pronto iba a dejar de ser sobre la tierra.

 

El extraño visitante 

La mañana siguiente recibieron los padres de Bebé una inesperada visita.

Un hombre joven y bien parecido llamó a la puerta de la casa.

Se anunció como un médico extranjero, especialista en enfermedades de niños. Dijo estar recién llegado a la ciudad y haber tenido noticias del curioso y sugestivo caso clínico que era Bebé. Se ofrecía espontáneamente. Él creía curarlo. Que lo dejaran ver al enfermito.

La madre aceptó entusiasmada el generoso ofrecimiento. Escéptico y todo, aceptó también el padre. E introdujeron al galeno a la alcobita de Bebé.

Dormía éste aún fatigado de su hermoso y gigantesco ensueño.

El médico lo llamó por su nombre, y Bebé despertó.

—¡Ah!, ¿eres tú? —dijo—; ¿tú, el mismo que anoche vino y me prometió volver hoy, verdad? ¿Vienes a llevarme?

—Vengo a curarte —repuso sin inmutarse el médico, y añadió en voz baja, dirigiéndose a los padres:

—Delira…

—No; no —clamó el niño—; no deliro: quiero que me lleves… Nada podré ver en el mundo más bello que lo que anoche me hiciste ver. Quiero ir allá con Él. No quiero nada más; ninguna otra cosa quiero. Lo único que te ruego es que me dejes contemplar sólo por un instante el rostro de mis padres…

Hubieran éstos querido pedir al médico que les explicara la extraña escena que se sucedía; pero no se atrevieron. Algo pasaba, hasta en ellos, que no era humano, que no era ni siquiera lógico. La falta de lógica de los grandes acontecimientos de la vida se imponía…

El médico dijo:

—Hágase como pides, Bebé.

Lanzó el moribundo un grito, y exclamó:

—¡Veo! ¡Veo! Te veo a ti, mamá; a ti también, padre mío… ¡Oh, cuán hermosos sois! ¡Cómo os amo ahora más que nunca!

Había abierto sus ojos azules inmensamente.

Sus padres se arrojaron en sus brazos.

—¡Hijo nuestro!

Pero… sólo fue un instante: un gran instante feliz como una vida.

Dio Bebé una magna voz jubilosa, desconsoladoramente alegre, y se fue.

Se fue para siempre de la tierra…

El extraño médico había desaparecido.

 

Una sonrisa encerrada en un ataúd 

Horas después, en el blanco ataúd, sonreía Bebé.

Quienes levantaron en brazos el cofre para colocarlo sobre el altar florido que habían preparado para velarlo, manifestaron su asombro al advertir que el féretro apenas si pesaba la madera de que estaba hecho.

Y una vieja tía de Bebé, que era un poco imaginativa, hasta quizás un poco loca, dijo:

—Es que en ese ataúd sólo está encerrada su sonrisa… Sí; su gran sonrisa vencedora, más poderosa que la muerte.

Tenía razón la tía imaginativa, un poco loca.

 

SUERTE DE EPÍLOGO

(que es —a la vez— dedicatoria)

 

No es la que acaba de concluir una historia para que la lean los niños.

La escribí, más bien, para las madres.

Para las buenas madrecitas…

Para que cuando la enfermedad o la miseria amarguen las noches de Navidad de sus hijos, se la narren con suaves acentos amorosos, alterando en ella cuanto mi insuficiencia dejó de daño, y se la narren con el propósito de que, por esperar la visión que tuvo Bebé, mi adolorido protagonista, huyan sus ojos del pecado, los esquiven del vicio, conservándolos siempre ciegos al mal…

Para vosotras, buenas madrecitas —que durante las noches estáis, no en los saraos ni en los teatros, sino junto a la cuna de vuestros hijos—, escribí estas páginas en las que todo es una mentira más o menos mía (ni siquiera la medieval leyenda del prólogo se ha contado alguna vez en monasterios o castillos); una mentira, una fábula urdida para que sirva de argumento o de pretexto a esas otras historias que vosotras inventáis tan bellamente por llenar el ansia de cuentos de los niños, mientras invocáis al ángel del sueño para que venga a cerrar los infantiles párpados…

Para vosotras, y sólo por vosotras, buenas madrecitas, escribí estas páginas.


 

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Sobre mí
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¿Escribir algo sobre mí sin poner los títulos académicos?  mi hija dice que soy un poco ególotra, tal vez por eso escribo un blog.

 

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