El Consejo
Actualizado: 27 ago
Acta de la sesión del 3 de mayo de 1995, de la Junta Educativa de la Universidad San Bernardo de Quigua.
Quince horas.
Asisten: doctor Daniel Ortiz, decano, quien preside; doctor Fredy Flores, subdecano; doctor Nelson Escobar, representante de los profesores; doctor Abelardo Villagómez, representante de los profesores; señor Jorge Domínguez, representante de los estudiantes; y licenciado Julio César Mendizábal, secretario que certifica.
Se da lectura al orden del día. El secretario bosteza. Se da lectura al acta de la última sesión.
El señor decano afirma nunca haber dicho lo que dijo, sino todo lo contrario. Con esta observación, se aprueba el acta anterior. Se pasa al estudio del pénsum.
El señor decano alaba la labor del doctor Escobar, reconociendo su trabajo en la elaboración del proyecto de reforma del pénsum. Dice, además, que corresponde a quien fue un buen discípulo suyo, quien, al parecer, lo está igualando.
El doctor Escobar agradece las palabras sinceras de un gran profesor como es el doctor Ortiz; solicita… «¿qué solicitó? Era, era… ah, ya», que se dé lectura por secretaría al proyecto presentado.
Por secretaría se da lectura al proyecto. Mendizábal mira al anciano profesor Villagómez, que se duerme durante la lectura; alza la voz un poco para que el profesor pueda despertar y exprese su conformidad con la reforma propuesta.
Villagómez está azul, pero él no es azul; si fuera azul, alguien ya lo hubiera notado. Al llegar a la sesión, era, como todos, de un hermoso color verde.
Se oyen unas trompetas. Un ángel amarillo pasa sobre ciudades y montes; la gente escucha mensajes no entendibles. Jinetes blancos azotan pueblos enteros. El último televisor sobre la tierra ha sido quemado. Se da lectura al segundo punto del orden del día: solicitudes.
El profesor Escobar motiva su negativa a aceptar la solicitud considerada. El profesor Villagómez se toca la garganta con las manos y grita por auxilio. El doctor Fredy Flores pide un café y dice conocer las causas académicas que motivan al solicitante. Villagómez cae muerto.
Mendizábal siente un inusitado deseo de pensar en la secretaria. Bonita no es, pero hay que reconocer que sabe vestirse bien. Su busto es firme como en las vírgenes.
Los jinetes gritan que han librado la gran batalla y se declaran triunfantes. El cielo se tiñe de odio; los hombres no admiten que han sido liberados. Se aprueba la solicitud de reconocimiento y equiparación de materias. Siendo las dieciséis horas con treinta minutos, se levanta la sesión y, para constancia, firman el decano junto con el secretario de facultad, que certifica.
El cuerpo de Villagómez está aún sobre la mesa. Flores y Escobar se retiran bromeando entre ellos. Ortiz examina unos papeles; se siente satisfecho por haber agotado la agenda. En secreto, Mendizábal llora por algún amor no satisfecho. Es una bonita tarde de verano, todavía hay sol.




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