El tiempo, ese tirano.
Actualizado: 25 ago
Queridas hijas, no recuerdo cuándo surgió esta frase. Creo que yo quería cambiar unas viejas cortinas en la casa de mamá y nunca terminé de hacerlo. Entonces tuve la certeza de que, si las hubiera botado, tendría la necesidad de hacerlo. Porque “solo lo vacío se llena”.
Cuando algo o alguien ocupa un lugar, no hay espacio para que entre lo nuevo. ¿Quieres ropa nueva? Bota la vieja. La necesidad nos obliga a renovar y cambiar.
Pero el pasado se resiste o la inercia nos gana.
Cuando concluía mi primer trabajo en la Universidad Católica, tuve un horrible conflicto laboral. Recuerdo haberme encontrado un día con el padre Carlos Bravo, maestro de vida, jesuita de deliciosa ironía, quien, luego de preguntarme cómo estaba, me dijo una frase sanadora sacada del Evangelio: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”. Deja el pasado en el pasado, vive el presente para que nazca el futuro. A veces incluso es renunciar al odio, a la venganza.
Al escribir estas líneas pienso en otra frase del Evangelio que recuerdo así: quien pone las manos en el arado y mira para atrás no es digno del Reino de los Cielos. No mirar para atrás, siempre enfocarse en el presente, mirar hacia el futuro, parece frase de demagogo, pero es verdad. Sin embargo, en realidad, no siempre he hecho caso a esa frase, pero no por eso deja de ser buena. Hijas, un clavo no saca otro clavo, pues primero debe quedar el espacio vacío.
Ah, tirano es el tiempo, y también la incertidumbre del futuro nos engaña. Mi madre solía pensar en las desgracias que nos depara el futuro. “¿Y si...?”, y si me llevan al asilo, y si nadie viene a visitarme, y si pierdo totalmente la movilidad, y si quiebra el seguro social. ¿Recuerdas, Dani, que tú también me contaste de alguno de tus temores del futuro? “¿Y si nunca tengo novio?”, “¿y si nunca viajo?”, a lo que yo respondía que, en materia de afectos, el problema no es si llegan, el problema es que llegan.
Yo también le temo al futuro: “¿Llegaré a jubilarme?”, “¿pagaré mis deudas?”.
Mirar al futuro es, sobre todo, desconocer por eso causan tanto miedo. Las palabras que nos decimos hoy tienen poder para el futuro, en algo que en psicología se llama profecías autocumplidas. Por esto, tal vez lo mejor es no autoprofetizarse o, mejor aún, prometerse para el futuro cosas buenas. Díganse, hijas: tendré una linda familia, viajaré, me querrán mucho y bien.
Yo, por mi parte, me profetizaré que tendré una buena vejez, tomaré una copa de vino con un corte de carne de cerdo, bondiola, y eso aunque me haya olvidado de la res por eso de la gota, en ese restaurante pequeño del chef argentino. Luego pelearé con Patricio sobre un tema que solo para nosotros es importante, por ejemplo, si la teología es el esfuerzo del hombre por entender a Dios. En la tarde tomaré un americano en "El Jardín" con ese postre que me gusta. Durante el día actuaré de mediador en una audiencia. Escribiré y acabaré ese cuento largo que ya se ha perdido dos veces en las actualizaciones de software.
¡Qué extraña es la vida! Vuelvo, para ustedes y para mí, al mismo consejo que tantas veces le decía a mi mamá: “No sufra con tiempo”. Si los días malos llegan —y si llegan—, entonces sufriremos, pero ¿para qué sufrir con tiempo?
Más allá de las frases, vivir es la única respuesta. El dolor viene siempre, pero el temor no debe encerrarnos. Vivan, hijas, vivan. Enamórense, sufran con el desamor, rían, lloren, busquen un propósito, luchen por él, tengan hijos, muchos hijos, jajaja, sin temor al futuro. Escríbanles cartas con consejos, léanles las cartas del blog del abuelo. Que, si de algo nos arrepentimos, no sea de no haber vivido.



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