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Las certezas de mi amigo León.

8 oct
2 min de lectura

Mi amigo León Izurieta me escribió un correo que comparto con ustedes porque, aunque no comparta todas sus reflexiones, me resultan interesantes:

Estimado Juan Carlos:

Luego de tantas y variadas conversaciones contigo, alrededor de una cerveza, he llegado a varias conclusiones:

  • Todo cristiano, por lógica, debería ser católico.

  • Todo católico debería ser agnóstico.

  • Todo agnóstico debería ser creyente.

Esto, si todos abandonan el fanatismo. Me explico: la Biblia suele ser el fundamento de toda religión cristiana; sin embargo, ni siquiera la Biblia como tal existiría sin la tradición católica, con los enunciados de san Atanasio y los concilios de Roma e Hipona. Si un cristiano de buena fe pregunta por qué el Evangelio de Mateo integra el Nuevo Testamento y los evangelios apócrifos de Tomás o de María no lo hacen, la respuesta remite, inevitablemente, a la tradición y a la autoridad de la Iglesia. La existencia de otros evangelios obliga a preguntarse por qué unos fueron admitidos y otros quedaron fuera. Solo algunos fueron incluidos en el canon porque se ajustaban a la tradición y la doctrina que se iban desarrollando en el seno de la Iglesia. Claro que estos cristianos también podrían optar por las iglesias ortodoxas clásicas.

Ahora bien: todo católico debería ser agnóstico. Para eso bastaría con revisar históricamente lo que ha sido la Iglesia a lo largo del tiempo, pues su llamada «lucha entre sombra y luz» no justifica las sombras. Luego están los dogmas: ¿qué hizo que unos dogmas se impusieran? Volvamos al cristianismo primitivo: si Arrio hubiera ganado las discusiones del Concilio de Nicea, el cristianismo que conocemos habría sido doctrinalmente distinto —aunque, curiosamente, la moral judeocristiana se habría mantenido igual—. Cada facción enfrentada contaba con sus propios razonamientos; visto desde fuera, con la frialdad del observador histórico, no es posible señalar quién tiene razón sin situarse previamente en la petición de principio de uno de los bandos.

Por último: todo agnóstico debería ser creyente. Hay un argumento al que no encuentro respuesta satisfactoria: el de la última causa. ¿Por qué existe el universo? ¿Se explica por sí mismo o necesita un fundamento último al que llamamos Dios? Decía Eduardo Rubianes que él creía en Dios no por fe, sino por filosofía, y que la filosofía es una ciencia. A este razonamiento, Bertrand Russell respondió que, si algo puede no tener causa, ese algo puede ser tanto Dios como el universo. A mí, esa respuesta tampoco me resuelve el problema: deja abierta la posibilidad de un universo incausado, pero no explica por qué habría de aceptar esa posibilidad antes que la de Dios. La opción se reduce a lo siguiente: ¿a qué postura me adhiero para luego justificarla con razones? ¿Al universo como realidad incausada o a Dios como última causa?

Así pues, mi querido Juan Carlos: todo cristiano debería ser católico, todo católico debería ser agnóstico y todo agnóstico debería ser creyente —esto, claro está, si abandonamos el fanatismo, incluso el de nuestras propias certezas—.

Espero tu respuesta.

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¿Escribir algo sobre mí sin poner los títulos académicos?  mi hija dice que soy un poco ególotra, tal vez por eso escribo un blog.

 

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