Sed de algo y hambre de no sé qué
Hace unos meses asistí a una "capacitación", llamémosla así por el momento, según yo creía de crecimiento personal. Era un lugar extraño: los colaboradores se ponían a bailar, y conforme pasaban las horas y los días, si no bailabas te miraban como si algo estuviera mal en tu vida.
Yo tengo dos pies izquierdos, así que eso de bailar nunca ha sido mi punto fuerte. Pero más allá de eso, la pregunta es: ¿por qué la uniformización? ¿Por qué querer que todos hagan lo mismo? ¿Por qué no garantizar la libertad de no querer hacer algo? Porque cuando eres parte de una masa eres más manipulable.
Luego vienen las dinámicas: muchas bellísimas e interesantes. Pero todas irresponsables, porque en definitiva el seguimiento es débil. La alegría del baile, el enfrentamiento con el recuerdo doloroso, la dinámica de reflexión — y frente a eso, la homologación de todos como si fuéramos iguales y necesitáramos lo mismo, la sobrevaloración de lo físico y la manipulación con fines económicos.
Todo esto acompañado por un líder, facilitador o gestor: una persona que ya había cursado el programa y cuya labor era convencerte de pasar a la siguiente etapa. Etapa que solo costaba más de mil dólares y que yo, otra vez tonta e ingenuamente, acepté seguir.
La dinámica incluía que te insertaras en un pequeño grupo; luego, en las siguientes etapas, formas un grupo un tanto más sólido al que llaman "tribu". Aquí comienza lo más extraño, manipulador y perverso: el reclutamiento.
Yo tomé el entrenamiento no para "ser mejor" — aunque, claro, si aprendía algo, bienvenido fuera — sino por un deseo de ayudar a otros, y tal vez de aprender a hacerlo. Pero en las etapas posteriores, además de dinámicas que vuelvo a reconocer que son bonitas, nos convencieron de que debíamos reclutar gente, hacer que otros vivieran la experiencia — pagando, por supuesto, o pagando nosotros por ellos. Al no reclutar, no éramos seres humanos de "alto impacto". Nos dijeron que ellos podían contratar vendedores pero nos hacían el favor de vender para ellos, a fin de formarnos. Y ya como reclutadores pasamos de víctimas a cómplices y victimarios.
Logré que mi hija asistiera; ella odió la experiencia desde el principio, porque sintió una masa asfixiante desde el primer encuentro. Hice que fuera también uno de mis hermanos: hombre prudente él, a diferencia de mí, vio desde el principio los esquemas de ventas multinivel — aunque, en honor a la verdad, al menos a los vendedores de multinivel les pagan comisiones. También fue una vieja amiga, que me comentó que el curso le pareció bueno, pero que la presión para que tomara el siguiente nivel era excesiva.
Una de las dinámicas que más me impresionó fue una que terminaba abrazando a perfectos desconocidos; pero sentí más de una vez la necesidad de las personas de ser abrazadas, la búsqueda de ternura, el afán de comprensión.
Las estafas son de los delitos menos denunciados, porque las víctimas se sienten tontas y a nadie le gusta evidenciar que le vieron la cara. Yo llamo a ese entrenamiento una estafa espiritual: que abusa de la enorme sed que tienen las personas de algo, de ese hambre que los tiempos modernos no pueden satisfacer.
Me disculpo con los amigos que ahí hice si estas palabras les ofenden. Perdón, tocayo; perdón, Andrés; Nancy, mis dulces divinas, Patricio y tanta gente linda, maravillosa...
No recuerdo quién lo dijo, pero solía afirmarse que a ciertos explotados les surgieron nuevos explotadores: los que escriben sobre ellos y los políticos que los defienden. En tiempos de vacío y de soledad le ha surgido al ser humano una nueva raza de explotadores, los "coaches", los falsos vendedores de sentido.




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