Ser conservador
- JUAN CARLOS MERIZALDE VIZCAÍNO

- 25 ene
- 2 Min. de lectura
Querido gato:
Hace años —muchos años—, cuando agonizaba el Partido Conservador Ecuatoriano, recuerdo haber leído la pregunta: ¿Qué es ser conservador en una sociedad que no tiene nada que conservar? El tiempo ha pasado, y en el mundo se habla de un retorno del conservadurismo.
Resulta que, cuando miramos lo que pasa a nuestro alrededor, sí existían valores, ideas y cultura que debían ser conservados.
El sentido de familia, el anhelo de familia. Cuando vemos las bajas tasas de natalidad nos damos cuenta de que la familia tradicional sí estaba en peligro; que la alerta que en algún momento se levantó sobre ello no era el alarido sin sentido de curuchupas y beatas. Las parejas se unen, pero no quieren tener hijos; no se abren a la vida. Existen viajes, trabajos, bienes por adquirir, que están primero. Miro con asombro cómo, en las reuniones familiares, las palabras que antes se dirigían a los nietos —“mira cómo corre”, “cuidado con esa travesura”, “bájate de ahí”— ahora se dirigen a lindos animalitos. Pero… ¿Estamos todos locos aquí? ¿Nadie se ha dado cuenta de que no son niños; de que los “perrihijos” no existen?
El sentido del deber. Sí, en algún momento se perdió la idea de que en la vida a veces se exigen derechos, pero siempre se cumplen deberes. Yo recuerdo a mi padre decir, ya viejo: “Yo ya he cumplido”. Sí, era una vida entregada a cumplir: cumplir como padre, como esposo, como abuelo, como ciudadano, como maestro o como autoridad. Sí, cumplir con lo que la sociedad espera de nosotros. El sentido del deber se perdió en algún momento; por eso palabras como mística en el servicio suenan caducas en una sociedad donde la cultura de la riqueza fácil, de las muñecas de la mafia, de OnlyFans, del narco-corrido se impuso. Necesitamos empleados públicos que asuman sus funciones con mística de servicio y sentido del deber, en los que vivir de un sueldo sea la consecuencia lógica de su opción de vida y no un acto mezcla de extraordinario y tonto. Pero no todo está perdido; sí hay funcionarios así. Yo los conozco.
El valor del mestizaje. No pongo en duda la necesidad y urgencia de las reivindicaciones sociales. Pongo en duda que para ello debamos avergonzarnos de nuestro mestizaje. Siempre hay alguien que cuenta la historia, y en lugar de contarnos una que nos haga sentir orgullosos de nuestro pasado, optamos por una que nos hace sentir vergüenza. Todo Quito festeja el 6 de diciembre —bailes, comidas, festivales, chivas, campeonatos de cuarenta—, pero, por alguna razón, tengo la impresión de que casi olvidamos que estamos festejando la fundación española de una ciudad; es un festejo de nuestro mestizaje que quiere ser acallado por razones ideológicas.
Giorgia Meloni grita en una plaza: “Soy madre, soy católica, soy italiana”, reivindicando lo que ella es en su realidad y en su historia. Es su grito conservador.
Ese grito conservador lo recojo y digo: Soy padre, tengo un gato, pero quiero ser abuelo; soy funcionario público y vivo de mi sueldo, de mi trabajo; soy ecuatoriano, soy mestizo, ¡carajo!






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