Una pareja en el sagrario
Actualizado: 30 oct
Jóvenes los novios, él sin trabajo, ella desnuda al sol, calentando el almuerzo.
Carmen, de ojos verdes, diecisiete años. Ángel llegará con la leva sobre el hombro, sudoroso, luego de buscar trabajo o de vender calendarios, aprovechando que se acerca el fin de año.
La bendición fue en la iglesia de El Sagrario. Al verla pasar, creí que era una primera comunión; entré a la ceremonia por curiosidad y los seguí hasta la fiesta. Leí sus nombres en un libro de mensajes que colocaron a la entrada del salón, tomé la pluma y escribí, recordando un viejo proverbio alemán: «Salud y muchos hijos». Luego puse mi nombre en letra de imprenta, de tal manera que se leyera con facilidad, y me reí pensando en cómo se desbaratarían la cabeza tratando de encontrar, entre sus parientes y amigos, a uno llamado José del Olmo.
Esa noche cené bien —ventajas de usar siempre terno—, bebí hasta el amanecer, aprovechando el espíritu burgués de los quiteños, que los obliga a hacer una gran fiesta. Mis asombrados compañeros de mesa oyeron ese viejo chiste mío: dos jóvenes recién casados, en lugar de cada comida, hacen el amor; el primer día que él sale a buscar trabajo, al regresar la encuentra a ella desnuda al sol…




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